lunes, 5 de mayo de 2008

El arte rebelde de los estudiantes



La policía se exhibe en Bellas Artes, las Bellas Artes cuelgan sus "affiches" en la calle. (Crítica a la represión contra los estudiantes)

PROPAGANDA | GERMEN DEL DISEÑO MODERNO
El arte rebelde de los estudiantes
por PATRICIA BADENES SALAZAR
Un grupo de jóvenes artistas "encerrados" en la escuela de Bellas Artes propuso usar su talento para crear carteles con los que ayudar a la causa revolucionaria. Rápidamente proliferaron por toda Francia. En los talleres universitarios se llegaron a hacer en sólo un mes 500 "affiches" diferentes. Acabado el mayo francés, este arte colectivo y subversivo terminó enseguida en manos de coleccionistas y engullido por el mercado inversor.

13 de mayo de 1968
A través de un murmullo in crescendo, apenas se escuchan las notas de una orquesta de jazz que amenizan esta cálida noche de mayo. Victor Hugo y Pasteur, aposentados en sus pedestales y portando en sus regazos banderas rojas, contemplan atónitos el espectáculo. Una multitud jocosa fluye hacia la Sorbona; el santuario del saber acaba de ser asaltado. Esta noche marcará el inicio de la mayor huelga general jamás vivida en Francia.

Ese día, en el que curiosamente se conmemora el 10º aniversario de la llegada de Charles de Gaulle al poder, París y otras importantes ciudades francesas son testigo de manifestaciones multitudinarias, en las que, por primera vez, participan los grandes sindicatos. Obreros y estudiantes caminan juntos para protestar contra la represión policial.

Durante los días siguientes se producirá la progresiva incorporación de la mayor parte de la población activa al movimiento de huelgas y de ocupaciones de puestos de trabajo. Casi ?0 millones de huelguistas paralizarán el país. En medio de este caos, en los diversos anfiteatros que pueblan la Sorbona, surgen pequeñas asambleas revolucionarias. En uno de esos anfiteatros –el Edgar-Quinet–, un grupo numeroso de estudiantes, artistas y críticos mantienen apasionadas discusiones sobre el arte y su papel en la sociedad. De pronto, unos cuantos jóvenes artistas proponen hacer algo más concreto y útil: elaborar affiches (carteles) que den voz a esta rebelión estudiantil –convertida ahora en movimiento social– silenciada por los medios de comunicación estatales.

La idea gusta y muchos de los artistas allí reunidos se encaminan hacia el taller Brianchon de la Escuela de Bellas Artes. En este estudio, pronto bautizado como Atelier Populaire, tendrá lugar una de las experiencias más originales y enriquecedoras del Mayo francés: la producción masiva de carteles revolucionarios.

50 ejemplares
Al día siguiente, ya tenían el primer cartel. Sólo eran tres palabras: "Usines-Universités-Union" (Fábricas-Universidades-Unión). Esta invitación a estrechar los lazos entre el mundo obrero y los estudiantes será una constante en los affiches de mayo, pues los animadores de la revuelta estudiantil comprendieron de inmediato que sin el respaldo de los trabajadores su lucha estaba abocada al fracaso. Infinidad de carteles invitarán a mantener esta frágil unión.

De este "Usines-Universités-Union" se imprimieron unos 50 ejemplares, con la intención de venderlos y obtener ingresos con los que sufragar los gastos de la causa revolucionaria. Finalmente, se optó por fijarlos por las paredes de la ciudad con una clara intencionalidad propagandística.

Empezaron a reproducirlos con la técnica que utilizaban en el taller: la litografía. Sin embargo, el método presentaba la gran desventaja de sacar muy pocos carteles, entre ?5 y 20 en una hora. Por este motivo, el artista Guy de Rougemont propuso emplear la serigrafía, mucho más fácil, barata y rápida. Él mismo se encargó de ponerla en marcha en la Escuela de Bellas Artes.

Al poco tiempo, ya se podían alcanzar los 3.000 ejemplares diarios, siempre dependiendo de las cantidades de papel y de tinta disponibles. En poco más de un mes, en el conjunto de todos los talleres, se llegaron a elaborar unos 500 affiches diferentes. Según el escritor y periodista Mark Kurlansky, "todavía hoy se considera una de las expresiones del grafismo político más impresionantes jamás logradas".

Pero el Atelier Populaire de la Escuela de Bellas Artes no fue el único. La creciente demanda de estos carteles propició la difusión de una octavilla, en la que se explicaba con todo detalle la técnica de la serigrafía, con el propósito de suscitar la creación de talleres populares por todo el país. En París se instalaron en la Escuela de Artes Decorativas –la gran competidora de Bellas Artes–, en la Escuela de Artes Aplicadas, en la Facultad de Medicina... En el resto del país, estos talleres también lograron un éxito considerable. Así, los encontramos en ciudades como Marsella, Caen, Estrasburgo y Montpellier.

En la actualidad, conocemos la procedencia de algunos de estos carteles gracias a la presencia de un cuño con el nombre del taller. Con mucho, este sello era el único elemento que indicaba una cierta pertenencia a alguien –en este caso al taller– pues prácticamente todos estos affiches eran anónimos, en su deseo de oponerse a un arte burgués obsesionado por el prestigio del creador.

Aunque es cierto que la mayoría nos han llegado reproducidos en blanco y negro, fueron creados con una variada gama de colores; el rojo y el negro eran los más usados. Ver varios colores en un mismo cartel era una rareza; la urgencia revolucionaria no admitía este tipo de florituras. En general, se trataba de sencillas combinaciones de imagen y texto, con un mensaje fácil de interpretar y lleno de ironía y de humor.

Muchos eran encargados por trabajadores en huelga, quienes se servían de ellos para comunicarse con el resto de colegas: convocaban huelgas, reuniones, pedían el apoyo de los ciudadanos... Normalmente, los trabajadores redactaban el texto y los miembros de los talleres los elaboraban, aunque hubo algún trabajador que se atrevió a demostrar su talento. Por su parte, los jóvenes artistas no sólo se encargaban de dar satisfacción a estas demandas, sino que también planteaban sus propias ideas, de manera espontánea o en respuesta a un acontecimiento relevante del día.

En el taller popular de Bellas Artes, todas estas propuestas se sometían a la votación de una asamblea. Así, numerosos carteles presentados por artistas más o menos consagrados fueron rechazados. Por ejemplo, Bernard Dufour tuvo que pegar él mismo su affiche Aurore, pues los miembros del taller lo consideraron demasiado literario al reproducir un texto del escritor Michel Butor.

A diferencia de los carteles creados por los artistas profesionales, los de los estudiantes, especialmente los de Bellas Artes, eran resultado de un trabajo colectivo. Uno tenía la idea, otro la esbozaba, un tercero hacía las letras, un cuarto se ocupaba del dibujo y así un largo etcétera. No en todos los talleres se funcionaba igual. Por ejemplo, en la Escuela de Artes Decorativas, el trabajo era mucho más individual y elaborado.

Crítica y propaganda
¿Qué tenían en común estos affiches? Su voluntad de denuncia. Denuncia de la manipulación que sufrían los medios de comunicación, denuncia de la brutalidad policial, denuncia del carácter autoritario del gobierno de De Gaulle, denuncia del engaño que representaban las elecciones... Paralelamente a esta función crítica, los carteles también ejercían una función propagandística y se utilizaban como pequeños reclamos para mantener encendida la llama de la revolución.

En junio, las aguas volvieron a su cauce. El movimiento estudiantil y obrero fue paulatinamente desmantelado. Las últimas fábricas ocupadas fueron desalojadas. Lo mismo ocurrió con el teatro del Odeón y la Sorbona, evacuados el 14 y el 16 de junio, respectivamente. El 27 de ese mes, le tocó el turno a la Escuela de Bellas Artes.

Extinguidos los rescoldos de la batalla, ávidos coleccionistas arrancaron de los muros aquellos pedacitos de arte popular, anónimo y colectivo. Su carácter subversivo pronto fue devorado por el mercado. Y aunque algún artista proclamara heroicamente que "la revolución no estaba en venta", ya desde junio se podían comprar los primeros libros en los que aparecían los carteles catalogados y pronto se realizaron exposiciones en ciudades tan dispares como Estocolmo y Nueva York.

En la Sorbona, la melodía de jazz de aquella primera noche del 13 de mayo y el bullicio de la muchedumbre fueron sustituidos por el estrépito de un afanado personal de limpieza. Si bien los carteles acabaron desgarrados por unos y por otros, su recuerdo sigue vivo, al menos, en cada feliz aniversario, porque como escribió en 1988 el artista francés Jean-Jacques Lebel "han contribuido a transformar la ciudad en poema colectivo y en teatro de la libertad".

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"500 affiches de mai 68"
(Aden Éditions, 2007), de Vasco Gasquet
"Mai 68 ou l’imagination au pouvoir"
(Éditions de La Différence, 1998), de Bruno Barbey
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